Lo que una tirada reveló sobre mi historia, mis heridas y mi identidad.
Por: Sabrina Lorena
Alguien que no conoce mi historia personal me hizo una tirada. No sabe de mi infancia, ni de mis roles familiares, ni de mis procesos internos, ni de mi dualidad, ni de nada de lo que carga mi alma hace décadas. Y aun así… las cartas contaron mi historia casi palabra por palabra. Por eso me permito escribir esto. Como diario, como reflexión, como búsqueda. Como se me da siempre: empiezo íntimo… y termino entendiendo algo más grande.
Antes de seguir, quiero hacer un paréntesis necesario y aclarar algo ¿Qué es Lenormand? Porque sé que muchos no creen, se ríen, o piensan que estas cosas son “verso”. El Lenormand no es tarot tradicional, no es predicción mágica, no es brujería, no reemplaza terapia, no compite con la psicología.
Es un sistema europeo de lectura simbólica que usa imágenes simples y cotidianas – la casa, el árbol, el jardín, la llave, el ramo, etc. – para explorar dinámicas familiares, emociones, bloqueos y patrones personales. Funciona como una herramienta proyectiva. Organiza lo que uno ya sabe, pero no puede poner en palabras. Muchos terapeutas lo trabajan como recurso narrativo y sistémico. No te adivina el futuro. Te ayuda a ver tu presente.
Y lo sorprendente es esto. la persona que me realizo la tirada de cartas no conoce nada de mi vida. Nada. Ni de mis duelos, ni de mis heridas, ni de mis padres, ni de mi identidad interna. Y, aun así, cada carta abrió una puerta que yo venía golpeando desde hace años. Con ese marco, ahora sí puedo contar lo que la tirada reveló.
1) Lo que me afectó del rol de
mi mamá
Mi mamá siempre tuvo el corazón afuera. Siempre primero los demás. Los vecinos, los conocidos, la gente que “la necesitaba”. Siempre una visita, una urgencia ajena, una historia que no era nuestra. Y yo, en esa época, era chico. No estaba mi hermano todavía, único hijo. Y sentía —aunque nadie lo dijera— que lo de afuera valía más que lo de adentro.
Crecer así te marca. Te enseña a guardar lo que sentís. A no pedir. A no molestar. A “portarte bien” para no sumar peso. Esa fue mi primera herida. La de la invisibilidad emocional.
2) Lo que me afectó del rol de
mi papá
Mi papá tenía otra forma de estar ausente: la forma silenciosa. Para él lo importante era la imagen de familia. Que todo pareciera bien. Que nadie supiera que adentro pasaban cosas. Que la vida se viera ordenada, aunque por dentro no lo estuviera.
Había cariño, sí. Pero sin profundidad. Sin sostén real. Sin palabra que contenga. Y ahí se arma la segunda herida: el amor que está… pero no te sostiene.
3) Cómo me afectó esa
combinación
Entre la ausencia hacia afuera y la ausencia hacia adentro, aprendí algo: Que mis emociones eran demasiado. Entonces levanté paredes. Me volví fuerte, duro, autosuficiente. Cerré la puerta a mis emociones para no molestar a nadie. Y construí una “casa interna”, un refugio que solo yo conocía.
Y ahí adentro, en ese lugar silencioso… algo más empezó a tomar forma. Mi energía femenina. Mi sensibilidad profunda. Mi verdad interna. Eso que más tarde entendí como Sabrina. Eso que siempre estuvo ahí pero dormido, esperando un resquicio para nacer. No apareció de golpe. No se inventó. No es fantasía. Fue refugio primero. Identidad después.
4) Cómo lo gestioné
Poniéndome rígido. Cerrándome en mi torre. Haciendo de la soledad una armadura. Cuidando mi salud mental como podía. Sosteniéndome a mí mismo porque nadie más podía hacerlo.
La torre me mantuvo vivo. Pero también me mantuvo lejos. Mientras Jorge me protegía, mi lado femenino me contenía. Una combinación extraña, pero verdadera. Una dualidad que durante años fue lo único que me sostuvo.
5) A quién soy leal hoy
La tirada fue clarísima: Ya no soy leal a lo que me lastima. Ni a lo que espera el mundo. Ni a los mandatos familiares. Ni a lo que “debo ser”. Ni a la versión masculina rígida que debió ocupar un rol para sobrevivir.
Hoy soy leal a mí. A mi sensibilidad. A mi verdad. A mi energía femenina. A esa parte de mí que me acompañó desde la infancia, en silencio, siendo refugio cuando nadie más lo era.
Y la tirada terminó con una sola carta, la Mujer. Ni bien vi la carta entendí que no hablaba de mi mamá. Ni de otra persona. Ni de un arquetipo externo. Hablaba de mí. La mujer interna que siempre estuvo y que finalmente tiene permiso de existir afuera, no solo adentro.
Siempre pienso que mi historia no empezó cuando nací, sino mucho antes. Como si parte de mí hubiera venido cargando un susurro antiguo, una voz suave que se quedó esperando el momento exacto para ser oída. Y tal vez por eso mi energía femenina nunca apareció “de golpe”. No irrumpió. No se impuso. Fue despertando de a poco, como quien abre los ojos después de un sueño muy largo. Y yo tardé años en entender que esa voz no era ajena. Era mía. Era yo.
Pero también sé algo: si todo este camino tuvo heridas, ausencias, silencios y torres… fue también para darme la oportunidad de encontrarme así. De frente. Sin máscaras. Sin mandatos. Sin miedo. Porque al final, esa mujer que siempre estuvo adentro, esa energía que me arropó cuando era chico, esa sensibilidad que me salvó cuando nadie veía… no vino a reemplazar nada. Vino a completarme.
La
persona que me realizo esta tirada de cartas me pregunto. – ¿te resuena todo lo
que te dije? – y si, claro que si me resonó. Y tal vez – solo tal vez – lo más
hermoso de esta tirada no fue descubrir algo nuevo, sino confirmar lo que mi
alma sabía desde siempre: que la verdad más profunda no se aprende… se
recuerda.


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