Entre salvadores, curiosos y silencios.

 

Lo que pasa cuando una historia se vuelve pública.

Desde que estoy en redes sociales, escribiendo, publicando mis textos mis reflexiones y pensamientos y mis fotos, que van mostrando mi proceso continuo, he notado, ya hace un tiempo, varias cosas. Me ha ayudado a comprender algunos comportamientos y entender un poco más esta dinámica de las redes sociales y a las personas. 

Hay algo curioso que sucede cuando una empieza a escribir sobre su propia vida en las redes. Al principio una cree que solo está contando lo que le pasa. Reflexiones, recuerdos, procesos personales. Nada demasiado extraordinario. Son solo palabras que salen porque simplemente necesitan salir, pero con el tiempo, empieza a ocurrir algo muy interesante y la historia deja de ser solo tuya y empieza a resonar en los demás. 

Algunas personas me escriben diciendo que se sienten identificadas. Otras agradecen porque encontraron en esas palabras algo que también les pasa, pero nunca supieron cómo decir. Y otras, reaccionan de maneras muy distintas. Y note que cuando una feminidad se vuelve visible en redes, aparece un fenómeno muy particular y no importa si hablamos de una mujer, una persona trans o crossdresser que decide mostrar su proceso, la dinámica suele repetirse. 

Hay algunas personas que llegan con curiosidad. Otras que llegan con respeto. También aparecen quienes llegan con un papel ya armado: El salvador. El protector. El guía. El que se cree que está frente a alguien que necesita ser rescatada. Y es curioso observarlo, porque muchas veces parten de una idea equivocada, que detrás de una historia hay una persona perdida, frágil o en crisis permanente. La realidad suele ser mucho más simple. Hay personas que no están luchando contra nada. Solo están viviendo su proceso. 

En mi caso, muchas veces intento explicar algo que parece difícil de entender para algunos, esto no es una batalla, no es una lucha contra el mundo. tampoco es una urgencia ni una desesperación. Es un camino, un camino personal, íntimo, lento y profundamente reflexivo. Cada persona que transita algo así lo hace a su ritmo, con sus tiempos, con sus preguntas y con sus silencios. Sin embargo, cuando alguien lee una historia que habla de identidad, sensibilidad, soledad o transformación, muchas veces se activan cosas muy profundas en quien la lee. 

Carl Jung hablaba de algo parecido cuando mencionaba que ciertas historias despiertan arquetipos en el inconsciente como, la buscadora, la persona que atraviesa su sombra; la que intenta comprenderse a sí misma. Cuando esos símbolos aparecen en una narrativa, no solo se leen con la mente. También se sienten y es cuando algunas personas proyectan. Proyectan su soledad, deseos y sus fantasías. incluso hasta su necesidad de sentirse necesarios en la vida de alguien más. Por eso a veces aparecen propuestas, un tanto curiosas. La idea de “rescatar”, de acompañar, de guiar, o de ocupar un lugar que nadie les pidió. 

No siempre hay mala intención detrás de eso, muchas veces simplemente es una forma en que algunas personas entienden los vínculos. Pero también muestra algo interesante, y es la dificultad que tenemos como sociedad para aceptar que alguien pueda estar bien consigo mismo sin necesitar ser salvado. 

En las redes sociales, además, se suma otro fenómeno muy conocido por muchas mujeres y feminidades, la objetivación. El cuerpo femenino, o todo lo que se perciba como feminidad, suele atraer miradas que no siempre buscan conocer a la persona que hay detrás. A veces buscan fantasía, curiosidad, validación y otras veces simplemente buscan confirmar una historia que ya imaginaron en su cabeza y es interesante que estas dinámicas no distinguen demasiado entre mujeres, personas trans o feminidades diversas. 

Muchas veces estas experiencias son similares. La diferencia creo está en cómo cada una decide habitar ese espacio. En mi caso, con el tiempo aprendí algo importante y es que no necesito responder a todas las expectativas que otros proyectan sobre mí. No necesito ser la musa de nadie, la historia trágica de nadie, ni la fantasía de alguien. Tampoco el proyecto emocional de alguien que recién llega. Simplemente soy una persona viviendo su proceso, y ese proceso no siempre es dramático, ni heroico, ni espectacular. 

A veces es algo tan simple como descubrir pequeños gestos que generan coherencia interior. Como imaginar un pequeño aro en la oreja y sonreír al pensar que no se trata de agregar algo artificial, sino de acomodar algo que siempre estuvo ahí. A veces también es aprender a convivir con la soledad de otra manera. Siempre la soledad fue vista como algo negativo, como una señal de fracaso o tristeza. Pero con los años comprendí que la soledad también puede ser un espacio. Un espacio donde el ruido externo se apaga y aparece algo más honesto. 

La soledad puede ser una cárcel si la vivimos desde el miedo. Pero también puede ser un hogar si la habitamos desde la conciencia. En ese silencio muchas veces se ordena el caos.

Se acomodan las preguntas. Y se aprende algo muy valioso; que no siempre necesitamos que alguien nos rescate. A veces lo único que necesitamos es tiempo. El tiempo para escucharnos, para integrar nuestras partes. Tiempo para comprender que cada historia tiene su propio ritmo, y quizás por eso escribir se volvió algo tan importante para mí. Porque escribir no es solo contar, sino es también comprender. 

Y si en ese proceso alguien más encuentra en esas palabras un reflejo de su propia historia, entonces tal vez esas palabras ya cumplieron su propósito. No para convertirse en un faro o en una guía para otros, sino simplemente para recordar algo muy humano; y es que todos, en algún momento de nuestra vida, intentamos entender quiénes somos. Y que ese proceso, aunque a veces sea solitario, también puede ser profundamente transformador.

  

Sabrina Lorena

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