¿Miedo a perder? O ¿Miedo a soltar?
Creemos que el miedo más grande es perder algo. Pienso para mí que a veces el verdadero miedo es soltar aquello que, aun doliendo, ya conocemos de memoria. Personas que viven años enteros habitando un muelle emocional, mirando el mar. Sosteniendo las cartas que nunca terminan de arrojar; como si dejarlas ir fuera también dejar ir una parte de sí mismas; y quizás así lo sea.
Una noche fría y de insomnio volví a ver Mensaje en una botella, envuelta en mis mantas, tomando un té bien caliente mientras el viento golpeaba las ventanas. Ya perdí la cuenta de cuántas veces vi esa película, pero si entendí algo; una no mira igual una historia a los 25 que a los 50. A los 25 miramos el romance, el paisaje, la casa frente al mar con los barcos en el horizonte; o simplemente el sueño de ser amada de una forma intensa y única. Pero a los 50 una mira el duelo. El silencio, los vacíos, los lugares donde alguien quedó detenido emocionalmente y sin darse cuenta.
Garret no podía soltar a Catherine. Y no porque no amara la vida, sino porque sentía que avanzar era traicionarla. En cambio, transformó ese dolor en refugio. Dejó intacto el rincón donde ella pintaba, como si el tiempo no pudiera entrar ahí. Como si el simple movimiento de algo fuera a borrarla. Y creo que muchas veces hacemos eso con nuestra propia historia.
Nos quedamos viviendo en identidades viejas, vínculos agotados, estructuras que ya no nos contienen, simplemente porque todavía ahí, vive una parte de lo que fuimos. Porque cambiar da vértigo, porque el pasado, incluso cuando duele, tiene algo peligroso; es conocido.
Soltar implica atravesar una incertidumbre enorme. Es quedarse, de golpe, frente a una estantería vacía. Hace un tiempo sentía exactamente eso. Como si la vida hubiera arrancado de golpe cientos de páginas ya escritas. La separación, la soledad, el silencio de la casa, los cambios internos… todo rompió la historia que creía que iba a vivir hasta el final.
Y ahí estaba yo, con miedo, sin manual, con un cuaderno vacío entre las manos. Pero ese cuaderno quizás nunca estuvo vacío. Quizás lo que daba miedo no era perder la historia anterior, sino que quizás lo que daba miedo era empezar a escribir una nueva donde finalmente pudiera existir completa. Porque a veces nos pasamos años escribiéndole cartas al pasado. A quien fue, a quien perdió, a quien no pudo ser, a quien tuvo que esconder, hasta que un día comprendemos algo.
El verdadero cambio empieza cuando dejamos de escribirle al pasado y empezamos a escribirnos al futuro. Y pienso que después de tantos años, finalmente estoy empezando a hacerlo.
Sabrina
Lorena.

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