Pasaron
cosas:
Desde
mi última publicación, pasaron cosas, desanimo, sobre todo. Me remonto un poco
a cuando estuvimos en pandemia. fue una mezcla se sensaciones y sentimientos.
Me auto recluí, no tenia ganas de nada, ni de escribir. Pensaba y repasaba
recuerdos, fotos y anécdotas. Entre nostalgia y tristeza. En ese repaso llegue
al presente y me mire al espejo.
Hubo
un tiempo —no tan lejano— en el que estaba más dividida que nunca. Más
confundida, callada y más cargando sola. Y como si eso fuera poco, el mundo
también estaba detenido. Afuera había miedo, incertidumbre, estadísticas de contagios,
barbijos y calles vacías. Pero lo más intenso no era lo que pasaba afuera sino,
lo que estaba empezando a pasar adentro.
La
pandemia no fue solo sanitaria. Fue un espejo, un silencio obligatorio que me
dejó cara a cara conmigo misma. Recuerdo esa versión mía, intentando sostenerlo
todo, tratando de ser fuerte, evitando incomodar, reprimiendo preguntas que ya
no querían callarse, en fin, estaba fragmentada, y el encierro amplificó cada
fragmento. Si hoy pudiera sentarme frente a esa Sabrina, le diría algo simple
como, Tené paciencia, ninguna pandemia duró décadas; reorganiza tu vida con
calma nadie te corre. Eso fue lo que hice, aunque no lo supiera en ese momento.
No exploté ni rompí todo. No tomé decisiones impulsivas desde el miedo y
comencé a reorganizar.
Primero
por dentro. Aprendí a escucharme a aceptar mi sensibilidad, lo que después entendí
– gracias a mi amiga – que tenía nombre: PAS. Persona altamente Sensible y no,
no es debilidad, es profundidad. Aprendí que mi feminidad no era una amenaza,
sino una parte mía que pedía integración. No hubo un antes y después dramático,
mucho menos traumático. Hubo pequeños movimientos. Un gesto, una conversación,
un silencio más honesto. Un detalle frente al espejo que me hacía sonreír.
Hoy
vivo sola y en medio de problemas económicos y dramas familiares, puedo decir
algo que hace unos años era impensado; estoy tranquila, estoy en paz. No porque
no duela nada. No porque no haya melancolía, sino porque me quedo con los
buenos momentos esos que me hicieron feliz.
Hace
una semana atrás fue 14 de febrero. Después de 28 años compartiendo una
historia, una fecha así no pasa inadvertida. ¿nos vimos? Si, nos vemos todos
los días. La historia cambio de forma, pero no desapareció porque mantenemos
una buena relación. Hubo ternura y recuerdos. Hubo un pequeño dolor suave, casi
inevitable pero no hubo desesperación. Compartimos mate con algo casero y nos
cuidamos en el silencio. Ella percibió que estaba más pensativa y me preguntó
si estaba bien. Y mi respuesta fue que sí, y era verdad. Estoy bien.
Eso
no significa que no sienta. Significa que puedo sentir sin desarmarme. Mi
transición, personal, emocional, identitaria no es acelerada. No es una huida es
un proceso lento, consciente, casi artesanal por así decirlo.
A
veces es tan simple como imaginar un aro pequeño en mi oreja y sonreír porque…
“porque solo tiene que estar ahí, en mi oreja” No estoy agregando algo
artificial. Estoy acomodando algo que siempre fue mío. Entre tanto ruido
externo, estoy encontrando coherencia interna, y eso es lo más revolucionario
que hice en mi vida. No romper ni imponer, tampoco negar sino, Integrar.
Si
la Sabrina de hace cinco años pudiera verme hoy, no creo que se sorprendería
por los cambios visibles. Creo que respiraría aliviada porque alguien,
finalmente, tomó el timón con paciencia y entendió que ninguna pandemia, ni la
del mundo, ni la del alma, dura para siempre.
Sabrina
Lorena.

Comentarios
Publicar un comentario