Soledad, silencio y otoño

Cuando poner un límite parece una traición

Individuación, culpa y el miedo a romper vínculos

 
Hay momentos en la vida en los que crecer no se siente como expansión, sino como culpa. En los que empezar a ser fiel a una misma se vive, paradójicamente, como una forma de traición. No porque una quiera herir, sino porque el otro no soporta que ya no estemos disponibles del mismo modo.
 
Hace un par de días recibí un mensaje de mi mamá que me dejó un sabor amargo, me movilizó. No por lo que decía, la preocupación, el miedo, el juicio; sino por cómo lo decía. Escrito en mayúsculas, con reproches, con amenazas emocionales. Y, sobre todo, invocando a mi abuela, sabiendo exactamente dónde tocar.
 
Después de leerlo entendí algo que muchas veces duele aceptar; que cuando alguien no puede tolerar tu autonomía, muchas veces va a intentar recuperarte a través del miedo, la culpa o la manipulación.
 
Carl Jung llamaba a este proceso individuación. No como un acto de rebeldía, sino como un movimiento interno inevitable; dejar de vivir desde los mandatos heredados para empezar a vivir desde una verdad propia.
 
La individuación no rompe vínculos. Pero sí rompe fantasías. Rompe con la idea de que los hijos deben calmar, sostener, explicar, tranquilizar. Rompe el rol de “responsable emocional” que muchas veces cargamos sin darnos cuenta. Y eso genera resistencia.
 
Siempre creí que poner un límite era agresivo. Que callarse era cruel. Que no explicar era una faltar el respeto. Hoy comprendo que no todo límite es ataque, y que no toda explicación es amor. A veces, explicar de más es seguir entregándole al otro el control sobre nuestra vida. Y cuando una empieza a individuarse, el entorno reacciona.
No porque seamos egoístas, sino porque dejamos de ocupar el lugar que hacía cómodo al sistema familiar.
 
Jung decía que uno de los mayores miedos del ser humano es separarse psíquicamente de sus figuras parentales. No porque no las amemos, sino porque inconscientemente tememos perder el vínculo si dejamos de ser lo que esperan, y ese miedo es real. Muchas personas siguen viviendo vidas que no desean para no “romper” a otros. Cargan culpas que no les pertenecen. Se quedan pequeñas para que nadie se sienta amenazado.
 
Pero hay una verdad incómoda que el proceso de individuación trae consigo y es que nadie puede vivir por nosotros, y nadie debería exigirnos que nos abandonemos para que ellos estén en paz. Poner un límite no es dejar de querer, es dejar de desaparecer.
 
Hoy sé que no soy responsable de la salud emocional de mi madre. Así como no soy responsable de cumplir las expectativas de nadie sobre mi cuerpo, mi apariencia o mi forma de vivir. Eso no me vuelve fría, me vuelve adulta.
 
Individuarme no significa cortar vínculos, sino relacionarme desde un lugar más honesto, aunque eso incomode, aunque duela, aunque el otro no esté listo; y quizás esto que escribo le sirva a alguien más. A quien siente miedo de decepcionar, a quien se queda atrapada entre el amor y la culpa o a quien confunde obediencia con afecto.
 
Crecer también duele. Pero quedarse donde una ya no es, duele mucho más. Individuarse es, en el fondo, un acto de amor propio. Y a veces, el primer amor que una tiene que elegir… es a sí misma.
 
Sabrina Lorena

Comentarios