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Reflexiones en voz baja sobre soledad, transformación y la compañía propia
La
madrugada tiene una forma particular de desnudar lo que durante el día logramos
disimular. No es el silencio exterior lo que inquieta, sino el silencio
interior que aparece cuando el resto del mundo duerme. A esa hora – esa franja
suspendida entre el ayer y el todavía no – es donde empiezo a escucharme de
verdad.
Desde
hace un tiempo, mis amaneceres llegan con un cansancio extraño. No es fatiga física.
Es otro tipo de agotamiento, uno que se acumula en la memoria emocional. Como
si durante la noche caminara por corredores internos que evitaría recorrer de
día. Lugares donde permanecen mis duelos, mis dudas y mis partes más frágiles.
Este
año, sin esperarlo, me encontré sola después de demasiados años acompañada. Y
no es esa soledad que lastima, sino la que incomoda porque deja a la vista lo
que se venía sosteniendo por costumbre. Escuche un podcast del psicoanalista
Gabriel Rolón, que hablaba de esto, de la soledad los duelos y los miedos y decía,
“La soledad no es ausencia: es revelación.”
Y
creo que eso es lo que me está pasando. La separación, la distancia, los nuevos
silencios, me obligaron a mirarme sin filtros. A veces sentí que el universo me
ponía trabas; otras, que era yo quien levantaba muros sin saberlo. Entre ambas
interpretaciones oscilé durante meses, como quien no logra decidir si la
tormenta viene de afuera o se origina adentro.
Las
sincronicidades que cambian un destino. Carl Jung sostiene que hay encuentros
que no son casuales, sino necesarios. Acontecimientos que parecen externos,
pero que responden a un orden interior aún desconocido. El 28 de noviembre del
año pasado, sin saberlo, viví uno de esos momentos. Esa persona apareció en mi
vida con la delicadeza de aquello que no se busca, pero llega igual. Yo comenté
en su blog casi al pasar, como quien deja una piedra en el agua sin esperar que
genere ondas. Y, sin embargo, esa piedra abrió un círculo enorme. Ella me escribió.
Yo respondí. Y ahí empezó una sincronía que ninguna de las dos vio venir.
Mientras
yo atravesaba mis noches más confusas, ella iniciaba su propio proceso. No
sabía que, a cientos de kilómetros, una persona completamente desconocida sería
el espejo que necesitaba para empezar un libro. “Elisa y el diario secreto”
nació de ese intercambio silencioso, de esa chispa mínima que encendió algo en
ambas.
Nunca
había pensado que alguien pudiera escribirme dentro de una historia. Pero así
fue. Y se convirtió en el primer indicio de que mi vida interior estaba
cambiando, incluso antes de que yo pudiera ponerle palabras.
Creo
que este fue el año en que dejé de sostener lo insostenible. Hay un punto del
camino - Rolón lo describe en el podcasts - en el que uno comienza a notar que
ciertos vínculos ya no dialogan con la identidad que hoy habita. No es rechazo
ni enojo; es simplemente coherencia emocional.
Este
año aprendí eso a la fuerza. Dejé personas, espacios, hábitos que hacía tiempo
se me venían volviendo estrechos. Y me alejé sin romper. Sin destruir lo que
alguna vez había sido importante. Porque hay cosas que, aunque ya no acompañen,
merecen ser respetadas. Mi hija, por ejemplo. Mi esposa – todavía me cuesta
decir “ex” – Las raíces que, de una u otra manera, sostienen mi identidad.
Pero
también comprendí que sostener por nostalgia es otra forma de abandonarse. Que
permanecer en lugares donde ya no hay reciprocidad es una forma silenciosa de
violencia hacia una misma. Y que elegir la propia paz no es egoísmo, sino un acto
de responsabilidad.
Llega
el momento en que la noche deja de asustar. Hubo una madrugada - no puedo decir
cuál - en la que algo cambió. La noche, que siempre había sido refugio y
tormenta, se volvió territorio. Un espacio sagrado donde podía detenerme sin
culpa. Ya no revisé el teléfono buscando conversaciones para no sentir el
vacío. Ya no me obligué a estar donde no quería estar. Ya no le tuve miedo a
ese silencio que antes parecía un espejo demasiado honesto.
Descubrí
que no toda presencia es compañía, y que no toda ausencia es pérdida. Empecé a
decidir desde un lugar más verdadero, a elegir sin urgencia, a soltar sin
resentimiento, a caminar sin explicaciones. Es la transformación que no se
anuncia.
Cuando
uno comienza a habitar su autenticidad, el mundo alrededor cambia. Los vínculos
que permanecen lo hacen con otra profundidad. Los que se alejan dejan una
nostalgia limpia, sin reproches. Las conversaciones se vuelven más selectivas,
los espacios más íntimos, los deseos más nítidos.
Este
año me despedí de la persona que fui durante décadas. La que se ajustaba a
todos menos a sí misma, la que se daba después de darse a todos, la que
postergaba sus deseos para sostener los de otros y, lo que duele no es el
cambio. Lo que duele es mirarse y reconocer que ese cambio era necesario hace
mucho.
Aunque
parezca egoísta, descubrí algo más y es que no estoy sola, que estoy conmigo,
con mi voz interna, con la paz que empieza a asomar entre los restos del caos. Con
las personas que acompañan sin invadir, con las amistades que inspiran sin
imponer. Con esos vínculos que no necesitan ser constantes para ser verdaderos.
Entre esos vínculos está ella. Ester fue una de esas sincronicidades y yo
misma… la más inesperada de todas.
Es
sin duda, un cierre que es un comienzo. Hoy, mientras la ciudad duerme y yo
escribo con el mate frío al lado, sé que la transformación no es un destino
sino un modo de caminar. Sé que la soledad no rompió nada, solo reveló lo que
estaba listo para ser visto y, por primera vez en mucho tiempo, siento que
estoy despertando. No a una nueva vida, sino a la mía. A la que siempre estuvo
esperando detrás de todas mis capas.
La
madrugada ya no me pesa, me nombra, me ordena y me recuerda que, incluso en la
noche más profunda, hay un punto exacto donde una empieza a renacer. Y yo estoy
ahí. Justo ahí. En esa frontera donde la vida, por fin, empieza a tener
sentido.
Sabrina
Lorena.
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