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Mindfulness como refugio, puente y transformación
No llegué al mindfulness buscando iluminación ni
respuestas espirituales. Llegué cansada. Agotada emocionalmente. Llegué porque
algo en mi vida de pareja ya no estaba funcionando y mi cuerpo lo sabía antes
que yo. Fue mi psicólogo quien, en medio de ese proceso terapéutico tan
incómodo como necesario, me habló por primera vez de esta práctica. En ese
momento, mindfulness no significaba nada para mí. Sonaba lejano, casi
abstracto. Hoy puedo decir que fue una de las herramientas más importantes de
mi reconstrucción.
Para empezar ¿Qué es el mindfulness? Mindfulness suele
definirse como la capacidad de estar presente, con atención plena y sin juicio,
en el aquí y ahora. Pero esa definición no alcanza cuando una está atravesando
una crisis vital. Para mí, fue aprender a quedarme. Quedarme con lo que sentía
sin salir corriendo. Quedarme con el silencio sin llenarlo de ruido. Quedarme
conmigo cuando toda mi vida había aprendido a sostener a otros antes que a mí
misma.
No se trató de “pensar positivo”, ni de negar el
dolor. Al contrario. Fue aprender a mirarlo de frente, con amabilidad. Cómo
llegó a mi vida (y por qué lo necesitaba tanto) En ese momento yo estaba
inmersa en conflictos de pareja, en preguntas que no tenían respuestas
inmediatas y en una sensación persistente de desconexión. Vivía en automático.
Cumplía roles. Funcionaba. Pero no estaba habitándome.
El mindfulness apareció como una invitación simple
pero radical: “Prestá atención a lo que sentís, ahora.” Respirar. Sentir
el cuerpo. Registrar pensamientos sin pelear con ellos. Al principio fue
incómodo. Porque cuando una baja el ruido externo, aparece lo que estuvo
postergado durante años. Y ahí empezó algo importante.
Mi dualidad y Mindfulness, como fue habitarme sin
dividirme. Sin duda uno de los regalos más profundos de esta práctica
fue cómo me ayudó a integrar mi dualidad. Durante mucho tiempo viví fragmentada,
lo que mostraba y lo que callaba, lo que sentía y lo que creía que debía
sentir. No me pidió elegir entre Jorge o Sabrina. Me enseñó a darles espacio a
ambos, sin juicio.
Cuando me sentaba a respirar, no importaba quién “era”
en ese momento. Importaba estar.
Y en ese estar, empecé a comprender que mi identidad no era un conflicto a
resolver, sino una experiencia a habitar. Aprendí a observar mis emociones sin
etiquetarlas como correctas o incorrectas. A registrar el deseo, el miedo, la
tristeza, la calma. Todo tenía lugar. Todo podía ser sentido.
Los beneficios que me trajo fueron reales, cotidianos
y humanos. Con el tiempo, empecé a notar cambios concretos. Menos reactividad
emocional, ya no respondía automáticamente desde la herida. Más claridad
interna, podía distinguir qué era mío y qué venía del miedo o la costumbre. Mayor
conexión con el cuerpo, algo clave en mi proceso de identidad. Más
autocompasión, dejé de exigirme ser fuerte todo el tiempo. Mejor vínculo con el
silencio y la soledad, ya no como castigo, sino como espacio fértil. Realizando
estas prácticas no me evitó el dolor de la separación ni los duelos. Pero me
dio algo más valioso, presencia para atravesarlos sin romperme.
No es solo para mí ¿por qué lo recomiendo? Porque esta
práctica no es exclusiva de momentos extremos ni de personas “espirituales”. Es
una herramienta profundamente humana. Sirve para quien vive ansiedad, para
quien atraviesa duelos, para quien se siente desconectado de sí mismo, para
quien quiere vivir con más conciencia. No promete felicidad constante. Promete
algo más honesto, una relación más amable con la propia experiencia.
Hoy, mirando hacia atrás, puedo comprender que fue un
puente entre la vida que estaba dejando y la que todavía no sabía cómo
construir. Fue una forma de sostenerme cuando todo cambiaba. De escucharme
cuando nadie más podía hacerlo. No me salvó de nada externo. Me enseñó a no
abandonarme. Y eso, en medio de cualquier proceso de transformación, lo cambia
todo.
Ejercicios simples que me
ayudaron en los momentos más difíciles:
No
empecé con grandes prácticas ni con meditaciones largas. Empecé como pude. Con
lo que tenía. Con el cuerpo cansado y la cabeza llena. Estos ejercicios no me cambiaron
la vida de un día para otro, pero me sostuvieron cuando todo estaba en
movimiento.
1. Respirar sin corregirme
Durante
mucho tiempo creí que respirar “bien” era una exigencia más. El mindfulness me
enseñó lo contrario.
Me
sentaba —a veces en la cama, otras en una silla— y simplemente observaba cómo
entraba y salía el aire. Sin modificarlo. Sin forzarlo. Sin hacerlo “profundo”
a propósito.
Cuando
la mente se iba (y se iba muchas veces), volvía a la respiración. Una y otra
vez.
Ese gesto tan simple fue el primer acto de amabilidad conmigo misma.
2. Escanear el cuerpo cuando la
mente no se calla
En
noches de insomnio o ansiedad, hacía un recorrido lento por el cuerpo. Empezaba
por los pies, subía por las piernas, el abdomen, el pecho, los hombros, el
rostro.
No
buscaba relajarme. Solo sentir. A veces encontraba tensión. A
veces cansancio. A veces nada. Aprendí que no todo tiene que resolverse:
algunas cosas solo necesitan ser reconocidas.
3. Nombrar lo que siento (sin
juzgarlo)
Uno
de los ejercicios más transformadores fue ponerle nombre a mis estados
internos.
“Ahora
hay tristeza.”
“Ahora
hay miedo.”
“Ahora
hay calma.”
“Ahora
hay confusión.”
No
decía soy tristeza. Decía hay tristeza. Ese pequeño cambio de
lenguaje me ayudó a entender que las emociones pasan por mí, pero no me definen
por completo.
4. Anclarme en lo cotidiano
Hubo
días en los que sentarme a meditar era imposible. Entonces practiqué presencia
en lo simple:
Tomar
mate prestando atención al calor, al sabor, al gesto. Ducharme sintiendo el
agua en la piel. Caminar observando el ritmo del cuerpo. Mindfulness no fue
solo sentarme en silencio. Fue aprender a estar en lo que
estaba haciendo.
5. La pregunta silenciosa
Cuando
me sentía perdida, me hacía una sola pregunta, sin exigir respuesta inmediata:
¿Qué necesito ahora?
A
veces la respuesta era descanso. Otras, silencio. Otras, escribir. Y muchas
veces, simplemente no hacer nada. Aprendí que escucharme también es una forma
de cuidado.
6. Aceptar que no todos los días
son iguales
Hubo
prácticas hermosas y otras frustrantes. Días de calma y días de resistencia. El
mindfulness me enseñó algo fundamental: no hay que hacerlo perfecto
para que funcione.
Hay
días en los que la mente no se aquieta. Hay días en los que duele más. Y está
bien. La práctica no busca eliminar eso, sino acompañarlo.
Estos
ejercicios no me hicieron invulnerable. Me hicieron presente. Y estar presente,
incluso en medio del dolor, fue lo que me permitió no desaparecer de mi propia
vida. No fue magia. Fue constancia. No fue huida. Fue encuentro. A veces, eso
es suficiente para empezar a sanar.
Durante
mucho tiempo, cada vez que me preguntaba “¿qué necesito ahora?”, la
respuesta no venía en forma de calma ni de certezas. Venía como un impulso
silencioso: escribir.
Al
principio fueron palabras sueltas. Frases que no sabía bien a dónde iban.
Pensamientos desordenados que necesitaban salir del cuerpo para no quedarse
girando adentro. No escribía para publicar, ni para que alguien me leyera.
Escribía para poder escucharme.
Con
el tiempo entendí que la escritura se había vuelto mi forma más honesta de esta
práctica de mindfulness. No era huir de lo que sentía, era quedarme ahí… pero
con palabras. Ponerle forma a lo que dolía, a lo que se movía, a lo que estaba
cambiando en mí.
Así
nació el blog. No como un plan, sino como un espacio de respiración. Un lugar
donde no tengo que ser fuerte, ni clara, ni correcta. Donde puedo escribir
desde la duda, la contradicción, la nostalgia o la lucidez. Donde me permito
pensar en voz alta, sin apuro por llegar a conclusiones.
Hoy
sé que escribir fue – y lo sigue siendo – una manera de habitarme. Una forma de
acompañarme sin juzgarme. De ordenar el caos sin negarlo. De quedarme conmigo
cuando todo lo demás se movía. Me enseñó a escuchar. La escritura me dio una
voz. Y ese diálogo íntimo entre silencio y palabra es, quizás, una de las
formas más genuinas de cuidado que aprendí en este proceso.
Sabrina
Lorena.
Ebook: "El Arte de Estar Presente"
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