La Arquitectura del Alma.

31 de diciembre

Este año no me dejó entera. Me dejó más real.

 
Este, fue un año de desprendimientos silenciosos, de preguntas sin respuesta, de noches largas y decisiones que no siempre entendí en el momento. Un año en el que aprendí que soltar no siempre es irse, y que quedarse tampoco garantiza permanencia.
 
Aprendí que los vínculos pueden cambiar de forma sin perder dignidad. Que el amor no siempre termina cuando se transforma. Que a veces, lo más valiente no es insistir, sino aceptar lo que ya no es como antes.
 
Este fue el año en el que dejé de sostener versiones mías que ya no me representaban. Me cansé de cumplir, de encajar, de explicarme. Empecé, de a poco y torpemente, a escucharme. Y aunque ese camino fue incómodo, también fue honesto.
 
No fue un año feliz en el sentido tradicional. Pero fue un año verdadero. Hoy no hago listas interminables ni promesas grandiosas. No sé exactamente qué traerá el año que empieza. Y por primera vez, no necesito saberlo todo.
 
Solo deseo algo simple y profundo: seguir siendo fiel a lo que soy, incluso cuando tiemble. No volver a abandonarme para que otros estén cómodos. Y caminar lo que venga con más conciencia que miedo.
 
A quienes leen estas palabras, estén celebrando, resistiendo o simplemente atravesando, les deseo un año con más presencia que exigencia. Un año donde puedan escucharse sin culpa, elegir con menos miedo y respetar sus propios tiempos. Que no tengan que ser fuertes todo el tiempo. Que puedan ser honestos, incluso cuando duela.
 
Que el próximo año no nos pida perfección, sino verdad. Que no nos obligue a empezar de cero, sino a empezar desde nosotros.
 
Y eso, para mí, ya es un brindis.
 
Sabrina Lorena.

Comentarios