Este año no
me dejó entera. Me dejó más real.
Este, fue un
año de desprendimientos silenciosos, de preguntas sin respuesta, de noches
largas y decisiones que no siempre entendí en el momento. Un año en el que
aprendí que soltar no siempre es irse, y que quedarse tampoco garantiza
permanencia.
Aprendí que
los vínculos pueden cambiar de forma sin perder dignidad. Que el amor no
siempre termina cuando se transforma. Que a veces, lo más valiente no es
insistir, sino aceptar lo que ya no es como antes.
Este fue el
año en el que dejé de sostener versiones mías que ya no me representaban. Me
cansé de cumplir, de encajar, de explicarme. Empecé, de a poco y torpemente, a
escucharme. Y aunque ese camino fue incómodo, también fue honesto.
No fue un
año feliz en el sentido tradicional. Pero fue un año verdadero. Hoy no hago
listas interminables ni promesas grandiosas. No sé exactamente qué traerá el
año que empieza. Y por primera vez, no necesito saberlo todo.
Solo deseo
algo simple y profundo: seguir siendo fiel a lo que soy, incluso cuando
tiemble. No volver a abandonarme para que otros estén cómodos. Y caminar lo que
venga con más conciencia que miedo.
A quienes
leen estas palabras, estén celebrando, resistiendo o simplemente atravesando,
les deseo un año con más presencia que exigencia. Un año donde puedan escucharse
sin culpa, elegir con menos miedo y respetar sus propios tiempos. Que no tengan
que ser fuertes todo el tiempo. Que puedan ser honestos, incluso cuando duela.
Que el
próximo año no nos pida perfección, sino verdad. Que no nos obligue a empezar
de cero, sino a empezar desde nosotros.
Y eso, para
mí, ya es un brindis.
Sabrina
Lorena.
Comentarios
Publicar un comentario