Hay verdades que no se descubren… se recuerdan.

Todos somos monstruos:

El amor, la pérdida y la memoria

Reflexión inspirada en “Todos Monstruos” de Bruno Martínez Santiago

 

A veces las pérdidas nos moldean sin que lo notemos. Nos quiebran en silencio, pero también nos abren a algo más profundo. Con el tiempo comprendemos que el duelo no solo duele sino que transforma.

 

Hace unos días, hablando con mi amiga, me compartió un texto que me encanto, lo lei vaias veces y me dejó pensando en esto de las perdidas, las ausencias. Era un ensayo de Bruno Martínez Santiago, “Todos Monstruos”, es uno de esos textos que, desde la primera línea, nos coloca frente a un espejo más incómodo del amor y del duelo. Ese lugar donde la ternura y el horror se confunden, y donde descubrimos que lo monstruoso no es lo ajeno, sino lo humano mismo.

 

Y aunque el texto toma el ejemplo extremo de Ed Gein, ese hombre que no soportó la ausencia de su madre y buscó literalmente devolverle su piel, él lo que plantea de un lugar más universal; todos, de algún modo, intentamos seguir tocando lo que amamos. Nos habla de algo cotidiano, de la imposibilidad de aceptar la ausencia. No como morbo ni como desviación, sino como metáfora de lo que todos hacemos cuando amamos a alguien que ya no está.

 

Porque todos hacemos eso. Guardamos su taza, su ropa, una carta, una joya, un perfume. Tocamos esos objetos como si en ellos siguiera viva su piel. Y así practicamos, sin saberlo, lo que Bruno llama “una necromancia cotidiana” una forma de devolverle cuerpo a la memoria.

 

Lo que más me conmovió fue esa idea, de que el duelo no se supera, se transforma en convivencia. No dejamos de amar a nuestros muertos, solo cambiamos la manera de hacerlo. Ya no los abrazamos con los brazos, sino con los recuerdos, con los gestos, con la continuidad de lo que dejaron en nosotros.

 

Leerlo me llevó inevitablemente a pensar en mis propias pérdidas: mi abuela, mi suegra… y también en Sabrina, la mujer cuyo nombre adopté. De todas ellas guardo algo material, un collar, un anillo, una pulsera, pero también algo invisible, gestos, palabras, maneras de sentir.

 

Y mientras leía el texto entendí algo que me atravesó por completo, yo llevo los nombres de Sabrina. No solo conservo sus objetos, sino su energía, su impronta. Y, de algún modo, al asumir su nombre como propio, también practico una forma de continuidad amorosa. Una forma de “tacto espiritual”.

 

Porque lo que Bruno llama monstruosidad no es otra cosa que el deseo de seguir tocando lo que amamos, incluso cuando el cuerpo ya no está. Todos lo hacemos. Con un perfume, con una foto, con un texto, con un ritual. Algunos lo hacemos, además, a través de la palabra. Cuando escribo, también estoy cosiendo pieles simbólicas. Cada texto es un retazo de memoria, un intento de devolverle forma a lo que se deshizo. Y quizás eso sea lo más humano que tenemos; la capacidad de crear belleza a partir de la ausencia.

 

Bruno dice:

“El monstruo no es el que ama demasiado, sino el que no acepta que amar tenga un final.”

 

Y comprendo que no se trata de locura, sino de fidelidad al vínculo, de una ternura que no conoce la clausura. Amar, en el fondo, es una forma de profanación, una insistencia en que la conexión entre dos almas no se disuelve con la muerte.

 

Por eso su ensayo no me pareció oscuro, sino profundamente luminoso. Porque revela que ser monstruo es amar más allá de los límites, más allá de los cuerpos, más allá de la razón.

 

Y si eso es ser monstruosa, entonces lo asumo con orgullo. Porque todos somos monstruos de amor, cosiendo con palabras las pieles invisibles de quienes nos habitan.

 

Sabrina Lorena.

 


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