La Arquitectura del Alma.

De lo Terrenal a lo Espiritual

 

Mi proceso de autodescubrimiento comenzó de una manera mucho más mundana de lo que podría haber imaginado. Todo inició con problemas en mi relación de pareja. Con mi esposa estábamos distanciados, alejados emocionalmente dentro de nuestra propia casa. La comunicación se había vuelto cada vez más difícil, y la tensión aumentó luego del fallecimiento de un ser querido y varios problemas. Después de eso, sus sentimientos hacia mi habían cambiado y, obviamente, hacia una persona más atenta con ella que de lo que me encontraba yo, lo que desató una crisis aún mayor en nuestra relación. Ante el temor de una posible separación y la creciente incertidumbre, decidí comenzar terapia, buscando herramientas para poder sobrellevar esta situación. 

Mi terapeuta fue quien me guió en esos primeros pasos, inicialmente enfocados en los problemas de pareja. Sin embargo, pronto descubrí que esa búsqueda de soluciones externas me llevó a profundizar en algo mucho más complejo: lo que había estado ocultando durante muchos años. No era solo un conflicto de pareja, relación con mis padres o en mi entorno laboral, sino que era la sombra de mi identidad que había reprimido por miedo. Miedo a los mandatos familiares, sociales etc… y a ser etiquetado de una manera que no encajaba con lo que los demás esperaban de mí. 

Lo que comenzó como una simple búsqueda de respuestas prácticas se transformó en un viaje profundo hacia mi interior. El punto de inflexión fue una meditación que realicé durante uno de mis viajes en soledad a un lugar de la costa. Esa casa, alejada del bullicio del mundo, fue mi refugio y mi espacio seguro, donde finalmente permití que las barreras mentales cayeran y los recuerdos fluyeran con libertad. En ese estado de calma, me vi retroceder en el tiempo, recordando momentos que habían estado enterrados durante años. 

Fue en esa meditación donde recordé mi niñez, aproximadamente 6 o 7 años, particularmente el tiempo que pasé con mi tía, una figura clave en mi vida. Mi conexión con lo femenino comenzó mucho antes de lo que creía. Recordé cómo, de niño, me sentía fascinado por sus prendas, la suavidad de las telas, el delicado aroma de sus perfumes. A veces, en secreto, me probaba su ropa, tomándolo como un juego inocente, aunque en el fondo sentía una afinidad con ese mundo que no podía comprender del todo. 

A medida que los recuerdos seguían emergiendo, también aparecieron otros más duros y solitarios. Recordé la época en la que vivíamos en otra provincia, donde pasamos por dificultades económicas. Mis padres y yo tuvimos que mudarnos varias veces antes de establecernos en una casilla precaria. Mi padre dejó su trabajo para hacer otro tipo de trabajo con su camioneta, y yo pasaba mucho tiempo solo. Aunque tenía compañeros de juegos y vecinos, nunca me sentí realmente parte de esos grupos. Recuerdo que, aunque participaba en actividades algo parecido a los Boy Scout, siempre volvía solo a casa. De estas actividades como del colegio, con una sensación de desconexión que no entendía del todo en ese entonces. 

La relación con mi madre durante ese tiempo también fue distante. Ella había quedado embarazada, y a menudo la veía ocupada con sus cosas, o con nuestras vecinas. Mi abuela y mi tía vinieron a visitarnos para las fiestas de fin de año en 1985, tenía 9 años y fue entonces cuando volví a Buenos Aires con ellas. Sentí un alivio inmenso al regresar al hogar donde me había criado, rodeado por mi abuela y mi tía, que siempre fueron mi ancla emocional. 

Este viaje de recuerdos no fue fácil, pero fue necesario. Gracias a esa meditación y a las sesiones con mi terapeuta, pude comenzar a ver con claridad cómo todos esos fragmentos de mi vida, desde la soledad de mi niñez hasta la conexión especial con mi tía, habían moldeado parte de lo que soy. La afinidad que siento, que en algún momento parecía un juego inocente, era en realidad una parte fundamental de mi identidad, una parte que había estado oculta por años. 

Carl Jung diría que todo esto forma parte del proceso de individuación, de la integración de mi "sombra", de esos aspectos reprimidos que al aceptarlos me transforman. Y así fue. A través de esta exploración, entendí que lo que había vivido no era una anomalía, sino una verdad profunda que necesitaba ser reconocida y aceptada. Esa parte de mi interior que siempre había estado en las sombras, mi parte femenina, comenzó a revelarse con fuerza y claridad. 

Este viaje, que comenzó con problemas de pareja, me llevó a descubrir y abrazar una parte de mí que siempre estuvo ahí. La conexión con lo femenino, que empezó como un juego en mi niñez, se convirtió en una parte vital de mi vida adulta. Hoy, con todas esas piezas del rompecabezas que voy armando y colocando finalmente en su lugar, me doy cuenta de que este viaje apenas comienza, y que cada paso me acerca más a vivir mi verdad, sin miedo al juicio ni a las etiquetas.

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