“La vida no es búsqueda de experiencias, sino de uno mismo.”— Cesare Pavese
El fin de semana, después de
varios días de mal tiempo y frío, de milagro salió el sol y fui a caminar al
parque. Aproveché y me llevé el mate, mi perra. Me acomodé en el pasto y,
mientras miraba el río, recordé aquellos picnics donde la ronda de mate era
larga pero amena, o cuando éramos solo dos y planificábamos, proyectábamos o
simplemente charlábamos sin ver el reloj.
Ahora estaba sola con el mate,
mirando al rio y pensaba que para sentirme completa necesitaba compartir mi
vida con alguien. Quizás porque así aprendemos a mirar la vida. Crecemos
creyendo que algún día llegará esa persona que nos va a elegir, que nos va a
acompañar, que va a entendernos, que va a quedarse. Y sí, tuve amores. Algunos
duraron muchos años. Otros apenas un instante. Algunos todavía viven en mi memoria,
aunque las personas ya no estén.
Amé. Fui amada. Me equivoqué.
Hice daño. Me hicieron daño. Perdí personas que fueron importantes para mí y
también perdí partes de mí intentando sostener cosas que quizás ya habían
dejado de ser. Por mucho tiempo pensé que encontrar a alguien era también una
forma de encontrarme. Hoy creo que era al revés. Primero tenía que encontrarme
a mí. Y no fue sencillo.
Tuve que mirar hacia atrás.
Recordar cosas que durante años había escondido. Reconocer mis contradicciones,
mis errores, mis deseos, mis miedos y también esa parte de mí que durante tanto
tiempo intenté mantener en silencio. Tuve que aceptar que no soy solamente lo
que los demás vieron en mí. Soy también todo aquello que sentí cuando nadie
estaba mirando.
Y poco a poco empecé a conocerme.
A escucharme. A cuidarme. A permitirme sentir. A escribir. A mirarme al espejo
sin intentar encontrar a otra persona. Y descubrí algo que quizás siempre había
estado ahí, pero que recién ahora puedo decir en voz alta; me gusto y no porque
crea que soy perfecta, no porque haya dejado de tener inseguridades o porque ya
tenga todas las respuestas, sino que me gusto porque finalmente puedo
reconocerme.
Entendí que no necesito correr
detrás de una relación para sentir que mi vida está completa. Puedo amar a
alguien sin necesitar que me salve. Puedo extrañar a alguien sin necesitar
recuperarlo. Puedo recordar a quienes ya no están sin quedarme viviendo en el
pasado. Y puedo estar sola sin sentirme vacía. Por eso, si alguien me pregunta
hoy si estoy en una relación, quizás pueda responder algo que hace algunos años
no hubiera imaginado. Creo que puedo decir que ya estoy en una relación, y es
conmigo.
Y por primera vez no lo digo como
una manera de conformarme. Lo digo porque me elegí, y porque después de tantos
años buscando quién era, finalmente quiero conocer a esta persona que encontré.
Sin apuro, sin exigencias y, sin intentar convertirla en alguien más. Simplemente
quedándome. Conmigo.

Comentarios
Publicar un comentario