¿Cuándo fue la última vez que te abrazaron sin que lo pidieras?
A veces
creemos que el amor se demuestra en las grandes ocasiones. En un aniversario. En
un regalo. En un viaje. En una cena especial. Pero los años me hicieron ver que
el amor rara vez se rompe por la ausencia de esas cosas. Empieza a desgastarse
cuando faltan los pequeños gestos. Un beso inesperado. Un mate preparado sin
pedirlo. Una mano que busca la tuya mientras miran una película. Un abrazo en
medio de la noche. Una caminata sin apuro. Un "pensé en vos"
escondido en un detalle. Un "te amo" dicho porque sí.
Vivimos
esperando grandes demostraciones, cuando en realidad son esos pequeños momentos
los que construyen una historia compartida. Porque el amor no se sostiene
solamente con responsabilidades, con el trabajo, con criar hijos o con resolver
los problemas de todos los días. También necesita detenerse un instante y
recordar por qué elegimos caminar junto a alguien.
Siempre creí
que extrañaba los viajes que nunca hicimos, las salidas pendientes o los planes
que quedaron para algún día. Pero un día comprendí que no era eso, que no
necesitaba momentos extraordinarios, necesitaba que lo ordinario tuviera amor. Que
un martes cualquiera alguien preparara un mate pensando en mí. Que una noche
cualquiera una mano buscara la mía sin motivo. Que un abrazo llegara sin
haberlo pedido. Que una conversación se extendiera un rato más porque ninguno
de los dos tenía ganas de que terminara.
La ausencia
de esas pequeñas cosas puede generar una de las soledades más profundas que
existen: la de sentirse solo estando acompañado. Porque desde afuera parece que
todo está bien. Hay una familia, una casa, proyectos, responsabilidades
compartidas, pero sin embargo en algún lugar del camino, el
"nosotros" empieza a desdibujarse hasta que un día uno descubre que
hace mucho tiempo dejó de sentirse elegido.
Muchas veces
pensamos que amar es remar juntos, y sí. Hay momentos en los que una pareja no
hace otra cosa que remar, criar hijos, trabajar, pagar cuentas, atravesar
enfermedades, superar pérdidas. Reparar el barco cada vez que una tormenta
intenta hundirlo y todo eso también es amor. Pero un día el mar se calma, el
barco llega a puerto
y entonces
uno mira al otro y le dice.
—Fuiste el
mejor compañero de navegación que pude tener.
Y el otro
sonríe. Lo agradece. Porque sabe que esas palabras son sinceras. Pero, muy en
el fondo de su corazón, piensa en silencio:
—Sí... pero
mientras remábamos, también me hubiera gustado que alguna vez dejaras el remo,
te sentaras a mi lado y miráramos juntos el atardecer.
Porque a
veces no alcanza con llegar a destino, también necesitamos sentir que durante
el viaje, alguien disfrutó de recorrerlo con nosotros. No creo que el amor
desaparezca de un día para otro, pienso que muchas veces simplemente deja de
expresarse. Los silencios empiezan a ocupar el lugar de las palabras y la
rutina reemplaza lentamente a la ilusión. Los días pasan y, casi sin darnos
cuenta, dejamos de regalarnos esos pequeños gestos que alguna vez nos hicieron
sentir profundamente vistos.
Quizás amar sea mucho más simple de lo que creemos. Tal vez no se trate de esperar una fecha especial, un regalo costoso o un viaje inolvidable. Quizás amar sea preparar un café para el otro porque sabemos cómo le gusta. Esperarlo despiertos unos minutos más. Sentarse a su lado, aunque el sillón tenga muchos lugares libres. Tomarle la mano mientras caminan. Abrazarlo sin motivo. Decir "te amo" sin esperar una ocasión especial.
Porque hay palabras que nunca pierden valor cuando nacen del corazón. Hoy entiendo que el amor no vive solamente en los grandes acontecimientos. Sino que vive en esos pequeños gestos que, sin hacer ruido, le dicen al otro; "Qué lindo que estés acá." Porque el compañerismo mantiene el barco a flote. Pero la intimidad es lo que hace que el viaje realmente valga la pena.
¿Cuál fue ese pequeño gesto que alguna vez cambió un día común para vos?
Sabrina
Lorena

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