No todo es la misma cosa

Reflexión de domingo: creo que ya he escrito al respecto, pero acá vuelvo.

 

Domingo y nada en la tele. Ninguna película que me llame la atención. Abrí el celular y leo mensajes que me llegan. Algunos lindos, referente a las cosas que escribo y otras, que mejor obviarlas. Pero hay algo que todavía me sorprende cuando leo esos mensajes y algunos comentarios, de cómo muchas personas interpretan la expresión de género. Un hombre se pone una falda, se maquilla, usa el pelo largo o simplemente incorpora algunos elementos considerados femeninos y, casi inmediatamente, aparecen las etiquetas: homosexual, gay, travesti, raro entre otras irreproducibles o cualquier otra palabra que intente explicar aquello que alguien no entiende.

 

Pero una mujer usa un traje, un overol, botas, ropa tradicionalmente masculina o trabaja como mecánica, electricista, albañil o en cualquier otra actividad que durante mucho tiempo se consideró “de hombres”, y muchas veces la lectura social es completamente diferente. Puede ser fuerte. Independiente. Decidida. Moderna. Empoderada. Rosie la Remachadora terminó convirtiéndose justamente en un símbolo de esa mujer que ocupa espacios que durante mucho tiempo estuvieron reservados para los hombres. Si bien fue en un contexto muy distinto de la historia, es un buen ejemplo y no fue la única. Mujeres como Marlene Dietrich o Katharine Hepburn incorporaron prendas y códigos masculinos a su imagen pública. Algunas de esas elecciones fueron transgresoras en su época y, con el tiempo, terminaron formando parte de la moda y de la imagen de la mujer moderna. Entonces me pregunto. ¿Por qué no ocurre lo mismo cuando un hombre incorpora elementos considerados femeninos?

 

La historia demuestra que no se trata simplemente de una cuestión de ropa. Durante mucho tiempo, distintas sociedades castigaron la transgresión de las normas de vestimenta. Y aunque muchas de esas prohibiciones quedaron atrás, algunas de aquellas miradas todavía sobreviven. Quizás por eso seguimos cometiendo el mismo error y es confundimos identidad de género con expresión de género. Pero no se detiene ahí, después damos otro salto todavía más grande y confundimos ambas cosas con orientación sexual, que no son lo mismo. Cómo me visto no determina quién soy. Quién soy no determina quién me atrae. Y quién me atrae tampoco determina qué clase de vínculo quiero tener.

 

Una persona puede vestirse de una determinada manera y no identificarse con el género que los demás imaginan. Puede identificarse con otro género y no querer modificar su cuerpo. Puede querer hacerlo. Puede no querer hacerlo nunca. Puede sentirse atraída por hombres, por mujeres, por ambos, por nadie. Puede querer una pareja, varias, ninguna o simplemente vivir su vida sin que todo tenga que entrar en una categoría. La ropa no responde ninguna de esas preguntas. Ni el maquillaje. Ni el pelo. Ni el cuerpo. Ni siquiera la manera de caminar. Y esto es algo que aprendí también sobre mí. Como te ven, te tratan.

 

Siempre pensé que tenía que explicar cada parte de lo que sentía para que los demás pudieran entenderme. Hoy creo que no necesariamente necesito hacerlo. Puedo sentir feminidad y conservar rasgos masculinos. Puedo disfrutar de esta expresión sin buscar una feminidad absoluta. Puedo vestirme de determinada manera sin estar haciendo una declaración sobre mi orientación sexual. Puedo sentirme atraída por mujeres y, al mismo tiempo, vivir mi identidad de una manera que muchas personas no esperan.

 

No todo necesita encajar en la misma caja. Y quizás el problema no esté en que las personas sean diferentes. Quizás el problema sea que todavía necesitamos que todo tenga una etiqueta antes de permitirnos entenderlo. Hace poco alguien me dijo algo que me quedó dando vueltas. Al verme después de mucho tiempo, dudó antes de saludarme porque me notaba diferente. No sabía si realmente era yo. Otra persona, sin conocer toda mi historia, pudo percibir algo completamente distinto: mi feminidad. Me dijo que en mis fotos actuales “exhalaba feminidad”. Me gustó mucho escuchar esas palabras. No solamente porque fueron bonitas, sino porque sentí que alguien había visto algo que yo misma estaba empezando a reconocer. Pero ninguna de esas personas conocía toda mi historia.

 

Una vio un cambio en mi apariencia, otros los deben ver claramente pero no se atreven a preguntar. Otra percibió una parte de mí. Y ambas tuvieron razón. El problema aparece cuando creemos que haber visto una parte significa haber visto el todo. Porque una fotografía muestra un instante. Una ropa muestra una elección. Un gesto muestra un momento. Una persona puede observar todo eso y hacerse una idea de quién somos. Pero nuestra historia es muchísimo más grande.

 

Aprendí que no necesito demostrar cada parte de mí para que las demás existan. Lo masculino que fui forma parte de mi historia. La feminidad que asoma también. No necesito borrar uno para validar al otro. Y tampoco necesito explicarle a todo el mundo cómo conviven. Quizás crecer sea, en parte, dejar de intentar encajar en la mirada de los demás. Dejar que cada persona vea lo que pueda ver. Y aceptar que algunas comprenderán más, otras menos y algunas quizás nunca lleguen a comprenderlo.

 

Pero eso ya no cambia quién soy. Porque una cosa es quién soy. Otra es cómo me expreso. Otra es quién me atrae. Y otra, completamente diferente, es cómo elijo relacionarme. No son la misma cosa. Y quizás tampoco necesitamos que lo sean. Porque, al final, hay algo que sigo aprendiendo: No todo lo que se ve explica quién soy. Y no todo lo que soy necesita verse.

 

Sabrina Lorena

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